martes, 14 de febrero de 2017

A vueltas con el amor



—¿Se enamoró alguna vez?
—Claro, como todo el mundo.
¿Por qué se enamoran las personas? —se preguntaba Anhony Giddens en su manual de sociología— y la respuesta, a primera vista, parecía obvia: el amor expresa una atracción física y personal que dos criaturas sienten la una por la otra.
Hay hoy un escepticismo generalizado ante la idea de que el amor “es para siempre”, pero no podemos menos que creer en la mayor parte de los casos, lo reconozcamos o no, que enamorarse es una experiencia que procede de sentimientos humanos universales. Y, si bien podemos evitar caer en la trampa de que el amor dura eternamente, continúa pareciéndonos natural  el establecimiento de un vínculo de compromiso derivados del amor y la atracción sexual por una persona concreta.  Ese vínculo puede llegar incluso al cierre de un contrato de certificación del mismo: el contrato de matrimonio.
No obstante la naturalidad con la que aceptamos la secuencia anterior, nos recordaba el citado sociólogo: 
«Enamorarse no es una experiencia que tenga la mayoría de los habitantes del mundo y, si la tienen, no suele vincularse al matrimonio. La idea del amor romántico no se extendió en Occidente hasta fecha bastante reciente y ni siquiera ha existido en la mayoría de las otras culturas.»
El amor romántico es una invención de la modernidad y de la moralidad y un modo de mantenimiento de la riqueza a través de la descendencia. Sexo-amor-matrimonio-filiación es una cadena prácticamente desconocida en la antigüedad. En la Europa medieval, por ejemplo, casi nadie se casaba por amor. Existía entonces el siguiente dicho: “Amar a la propia esposa con pasión es adulterio”. El erotismo o el amor romántico eran considerados una enfermedad por moralistas y teólogos y los hombres y las mujeres se casaban principalmente para mantener la propiedad de los bienes familiares o para criar hijos que trabajaran (y a veces, por desgracia, los hijos les nacían hijas). El amor romántico se consideraba una debilidad, en muchos casos una especie de enfermedad y en muy pocas épocas y lugares ha sido “natural” para las personas que han compuesto y componen las diferentes sociedades. La idea del amor romántico no es, ni más ni menos, que una construcción social fruto de diversas influencias históricas: económicas, religiosas y sociales.


Como nos recuerda Giddens, desde principios del siglo XVII hasta comienzos del XVIII el amor romántico estuvo limitado a los estratos superiores de la sociedad, pero tuvo una gran importancia porque generó actitudes que desde entonces se han hecho prácticamente universales. La familia nuclear se convirtió en una entidad más independiente respecto a los vínculos con el resto de los parientes y la comunidad local. Cada vez se hacía más hincapié en la importancia del amor conyugal y entre el padre y la madre y se produjo un aumento del poder autoritario del padre, eje proveedor del núcleo familiar. En el siglo XIX el matrimonio comienza como un contrato casi de propiedad en el que los lazos del cariño aparecen tras el vínculo como consecuencia de la convivencia y no es hasta el siglo XX cuando el proceso se invierte y el amor pasa a ser el desencadenante del matrimonio o, cada vez más, del establecimiento de lazos de compromiso.
En la actualidad, en las culturas occidentales la pareja es —en teoría, al menos— una construcción interpersonal definida a partir de códigos de afecto, de protección, de seguridad. En el contexto de globalización, la idea del amor romántico ha irrumpido en sociedades en las que era un concepto desconocido hasta hace relativamente poco tiempo.
Una vez en antecedentes de cómo hemos llegado a la situación actual, es obligatorio  señalar que los debates han llevado por otros derroteros: la identificación de matrimonio con unas formas muy determinadas de familia, la consecución de derechos familiares (patrimoniales o de filiación) a través de él, los problemas para su disolución  y para la extensión de dicho contrato a diferentes actuantes —léase a personas del mismo sexo—, todos ellos derivados de la identificación del contrato matrimonial con un sacramento religioso y una moral muy concretas que consideran lícita la unión carnal con el fin exclusivo de la procreación.

Asoma después con timidez el tema del aborto. Como cada vez que el derecho a la libre elección aparece en el horizonte se mezclan e identifican como iguales (si es por ignorancia, malo y si es por mala fe, peor) los conceptos de amor, sexo, sexualidad, derechos reproductivos, pecado, pareja y familia. Tampoco es tan extraño que ocurra, pues hasta ahora  el sistema patriarcal que negó a las mujeres decidir sobre su vida y su cuerpo con libertad no ha dejado de ejercer un férreo control sobre los derechos conseguidos por el esfuerzo de tantas mujeres y hombres
Y entonces —oh hermanos, oh hermanas—, aparecieron en nuestras occidentales vidas los grandes almacenes. Ellos nos anuncian la primavera, el otoño, el invierno. Nos recuerdan que llega la Navidad, cuán bellas debemos estar nosotras, cuán masculinos ellos. Y nos dicen qué es amor y cómo demostrarlo. Nos bombardean con imágenes sexistas, estereotipadas, heteronormativas, androcéntricas, sexistas y manifiestamente discriminatorias con la diferencia. Altas y rubias mujeres en países de población mayoritariamente indígena, niñas que juegan con muñecas de cuerpos imposibles o arrullan bebés al son de dulces melodías y niños que pelean o montan en bicicleta a ritmo de rap. Hombres inútiles que no saben poner lavadoras de un solo botón, y mujeres que se reúnen para hablar de lo blancos que les quedan los calcetines de sus amados esposos. Marcas de cerveza, de desodorante, de colonia, de relojes, de y de y más de, que usan los cuerpos de las mujeres como otro producto de mercadería rápida.
Nos venden unas relaciones estereotipadas y mitificadas que son, generalmente, la base de los comportamientos de violencia sexual y por razón de sexo. Normalizan y trivializan situaciones que impiden que la mayor parte de jóvenes sea capaz de identificar la violencia de género si es de media o baja intensidad (la que no mata), ni cuando la ejercen, ni cuando la sufren. Si me controla es porque me quiere.  Si no te quisiera me daría igual cómo te vistes.
¿Qué economía del mundo sería capaz de pagar —externalizar o subcontratar— por lo que las mujeres hacemos “por amor”: lavar, planchar, cocinar, limpiar, criar, educar, aconsejar, organizar, apoyar?
Compramos amor de usar y tirar empaquetado con lazo de eternidad que olvida que el 70% de las muertes violentas de mujeres en el mundo se produce a manos de hombres que han estado en su círculo familiar, que obvia a las familias que no tienen un papá y una mamá. Y los dos papás no existen, y las dos mamás se quedan para los reportajes de rarezas, y los padres solos y las madres solas nunca se ven y es la manera moderna de poner la letra escarlata en esta sociedad globalizada del nuevo milenio.
Celebramos un amor anticuado, generador de relaciones de dominación y sumisión, que entrega los cuerpos de las mujeres a decisiones ajenas a ellas y anatemiza los de quienes, hombres y mujeres, se alejan de la sexualidad tradicional.
Un diamante quizás sea para siempre. Un amor mientras te haga feliz. Lo demás, es mercado.
María S. Martín Barranco
@generoenaccion
Publicación original del texto en Píkara Magazine
Imágenes de Erika Kuhn