miércoles, 25 de abril de 2012

Todos eran escritoras



Las fuerzas del lenguaje son las damas solitarias, desoladas,
que cantan a través de mi voz que escucho a lo lejos.
Fragmentos para dominar el silencio.
Alejandra Pizarnik



La feminista que habita en mí —atosigada por las contradicciones entre el replanteamiento personal sobre mis opiniones en todas las parcelas del saber y la estructura social machista en la que he sido educada y me desenvuelvo— fue arrastrada, hace unos días por la apasionada de la Literatura que soy desde mucho antes, hasta una mesa literaria cuyo formato y título me interesaban y repelían a partes iguales: Mesa de escritoras: Ellas también cuentan.
Aún no está superada la discusión aburrida— por reiterada—, e infructuosa —por la falta de conclusiones—sobre la existencia o no de una Literatura Femenina. Continúa sin responderse bien entrado el siglo XXI la pregunta de quiénes son las madres de la novela como planteó ya en 1986 Dale Spender, puesto que de los padres han hablado una y otra y otra vez «eruditos, estudiosos, ensayistas, críticos, escritores y lectores». Alguna, suponemos que también, eruditas, estudiosas, críticas, escritoras o lectoras. Se abre un nuevo frente ahora que las mujeres podemos, en algunas partes del mundo, acceder a la educación, la cultura y los medios: el lenguaje que se utiliza y utilizamos para contarnos. Cuando las lenguas occidentales se moldearon hasta la forma que conocemos, las sociedades eran distintas, el modo en que esas lenguas se usan está “fosilizado” en unas costumbres androcéntricas y discriminatorias que aún nos esconden. El masculino genérico, es una de ellas, no es la única pero sí la que más resistencias plantea.
Hay en múltiples ámbitos culturales una rabia apenas contenida y bastante generalizada hacia las tentativas de ampliar el uso, no ya administrativo o periodístico, sino literario, de un lenguaje no discriminatorio. Se oyen una y otra vez voces en contra que recorren el mundo político y cultural, y ni qué decir de la Real Academia Española de la Lengua (RAE), su diccionario y gramáticas y las Academias correspondientes a cada uno de los países de habla hispana. Hay rasgar de vestiduras y mesar de barbas, dignos de causas más meritorias que el apoyo a una discriminación secular.
Hombres —casi todos— y mujeres —infinidad de ellas, para qué negar lo obvio— que dedican su vida a la palabra pero niegan su importancia cuando de nombrar a las mujeres se trata, que dedican sus vidas a crear mundos imaginarios, negándose a transforma en distinto —y mejor— el que tienen a su alrededor.
En su derecho están de callar, y en el nuestro estamos de reclamar, pero no es hoy el lugar ni el momento de hacerlo porque quiero hablar de una discusión, esta vez fructífera, sobre las voces de tres escritoras convocadas por la Feria del Libro de Granada y el Centro Andaluz de las Letras alrededor o con la excusa o justificación (y eso fue parte del debate) de una propuesta de Miguel Ángel Cáliz de Ediciones Traspiés: la Mesa de escritoras: Ellas también cuentan.
Las ellas que también contaban eran Pepa Merlo, Cristina Gálvez y Cristina García. De todas conocía o había leído algo (más de Pepa por su trayectoria académica, su rescate de figuras femeninas de la literatura española condenadas a pena de olvido y por ser “de mi quinta”) pero de ninguna lo suficiente para no tener que tirar de Internet antes de acudir al acto. Me dirigí a la Casa de los Tiros segura de que escucharía a escritoras hablando de uno mismo como escritor. Mea culpa: por ignorancia enciclopédica y por prejuiciosa.
Llegué a la mesa acompañada por el escritor Carlos de la Fé —que haría para el Taller de Cuentos DeSgenerados la crónica literaria del acto, con el tiempo justo de sentarnos y empezar a escuchar. La introducción de Miguel Ángel Cáliz, ya en su primera frase «una mesa de mujeres no es imprescindible pero sí recomendable» me hace revolverme en la silla.
«Ser feminista es un coñazo —pienso en mi socializada mente machista— ni cinco minutos puedo escuchar a alguien normal sin que las ganas de levantarme e irme, puntualizar, aclarar o corregir me asalten. Calla, céntrate y escucha».
La introducción continuó brillantemente aclarando —y apaciguándome, por tanto— que no entraría en el jardín de si existe o no la Literatura femenina  (¿a qué si no responde una mesa aparte de los autores que ya había tenido lugar el domingo anterior con hombres como ponentes, me preguntaba yo sorprendida?) y haciendo un recorrido por las grandes escritoras olvidadas por la Historia de la Literatura y dentro de ellas del género al que se dedicaba la mesa: el relato. Una muestra somera y breve por razones obvias que puso en relieve, cómo una sociedad patriarcal, una universidad patriarcal, editoriales patriarcales han conseguido hacer olvidar a una multitud de mujeres y cómo un sistema de silencio sistemático sobre la mitad del mundo ha conseguido que se crea que las mujeres que escribían (¿que escriben?)  bien son una excepción o una anormalidad. Acabó el moderador lanzando una pregunta a las tres ponentes: «¿Qué encuentran en el relato?»
Lo que se prometía una mesa tranquila, relajada, de lamentos o parabienes sobre la situación del cuento en general y —me temía yo— de los cuentistas en general. Se transformó por obra y gracia de la vehemencia de Cristina García en un debate encendido sobre el título de la mesa. Estaba molesta por ese también que me había llamado tanto la atención al ver el programa de actividades de la Feria y se preguntaba —como ya lo había hecho yo— a qué respondía el que las mujeres estuvieran solas en una mesa: ¿Para hacer resaltar su diferencia? ¿Cómo acto de reivindicación de su figura? ¿Por ñoña corrección política? Y reclamaba que, dado lo poco que cuenta el género literario del Cuento, se cambiara el nombre por Ellas tampoco cuentan. Ella había sido convocada como mujer y como mujer se manifestaría.
El sorprendido editor dio paso prudentemente a las dos invitadas restantes para que opinaran sobre el tema y pasar “al asunto” de la mesa pero, ¿no era ese también un asunto de la mesa?
Cristina Gávez, conciliadora, no quería pensar en acciones positivas «que no gustan a nadie» (y ahí yo me revolvía de nuevo mordiéndome la lengua y apelando a todas las enseñazas de cole de monjas para una señorita prudente y educada) y se decantaba por creer que habían sido reunidas porque tenían una voz propia. Su tocaya negaba con la cabeza, se quitaba y se ponía las gafas, el público murmuraba en los asientos finales y el moderador tenía toda la cara de "qué he hecho yo para merecerme esto”. Yo conseguí callarme también esta vez. Prueba superada.
Entones intervino Pepa Merlo. Pepa, ha rescatado para la memoria a innumerables mujeres que en España han escrito, han contado y lo han hecho bien desde las década de los ’40, como en su "Peces en la tierra" sobre las poetas invisibles de la generación del 27. Con su voz extraordinaria nos confesó que estuvo a punto de rechazar la invitación porque no entendía una mesa de escritoras (el corazón se ensanchaba al escuchar mi propia opinión reflejada en la autora) pero acudió para expresar la tristeza que le producía que en pleno siglo XXI la discusión sobre las mujeres en la Literatura, y en los demás ámbitos, no estuviera superada.  Yo quería levantarme y besarla pero me conformé con aplaudir, casi a solas, mientras una señora del público decía —algo más conminativa de lo que habría sido necesario— que qué más daba si eran mujeres u hombres que ella quería escuchar los cuentos. ¿La idea de una mesa redonda no es conocer a quienes participan más allá de su obra que es pública y, en este caso, publicada y por ello disponible? Y después, si quieres leer los cuentos, te compras el libro. El paraíso para un estudio de antropología social. Ahí ya no pude callar y hablé aunque les ahorraré mi intervención.
Tras este debate sobre las mujeres, la Literatura, el porqué de estar allí —que explicó Miguel Ángel Cáliz como interés personal por unas autoras que él había publicado y una mesa que había propuesto al Centro Andaluz de las Letras sin saber que habría otra de autores (y este masculino no era genérico porque eran sólo hombres) que se celebraría unos días antes, como no sabía que habría una mixta posterior— las autoras hablaron sobre su modo de enfrentarse a la escritura, sus ambiciones personales respecto a la misma y la dificultad de vivir de escribir. Llegados a este punto la intervención de un miembro del Centro Andaluz de las Letras tras un agradecimiento de Pepa Merlo a su labor, es digno de pasar a los anales de la responsabilidad política bien entendida. Su intervención está transcrita, como las partes fundamentales de esta mesa, en la Crónica de Carlos de la Fé.
Para acabar, las escritoras leyeron sendos textos. Eran distintos como lo eran ellas, sus modos de hablar, sus gestos y sus puntos de vista. Si los hubiese leído o escuchado sin saber quiénes los habían escrito difícilmente habría adivinado si eran de mujeres o de hombres. Supongo que el debate sobre si existe la Literatura femenina o no más allá de un Corpus académico de clasificación —uno entre tantos, como bien dijo Cristina García— seguirá durante mucho tiempo. Como nos constreñirá un lenguaje fruto —como la concepción decimonónica de la lectura que Pepa Merlo señaló tan acertadamente como un obstáculo para la lectura y la venta del Relato— de un siglo que ya no es el nuestro. Como seguirán mis contradicciones. Ayer, todos los autores eran escritoras.
© María Martín




lunes, 23 de abril de 2012

71 años menos 1 día (¿Qué fue de Karin Boye?)



Hay pocas cosas más gratas para una lectora empedernida como yo que descubrir a una autora o autor nuevos que me cautiven. A veces se llega a ciegas, otras por casualidad, algunas por deducción y otras, las menos, porque una recomendación te abre las páginas de un universo literario raro, por desconocido y extraño, por infrecuente.
El interés por saber más y mejor de las figuras femeninas en la Literatura me llevó, no sin ciertas dudas porque me obligaba a salir intempestivamente de una interesantísima mesa de debate sobre relato, a asistir a la mesa redonda sobre Karin Boye, una figura casi desconocida para mí, atraída por un título (el de la mesa redonda, no el de la novela, del que hablaré después) muy bien elegido: ¿Qué fue de Karin Boye? Historia de una distopía entre lo mítico y lo real.
Las casualidades en las que no creo se reunían alrededor de la autora, el género literario y una de las participantes de la mesa redonda.
Nada más empezar, con una puntualidad digna de agradecimiento dada la apretada agenda de actividades de la XXXI Feria delLibro de Granada, una lengua desconocida de una musicalidad y dulzura inesperadas: primera sorpresa de la tarde, el sueco no es una lengua tan dura de escuchar como de ver (ya que no sé leer sueco). El poema, leído después en castellano por Juan Carlos Friebe, poeta y moderador de la mesa, es de una desnudez y una lucidez conmovedoras.
Una traductora —Carmen Montes Cano—, una experta en literatura —Violeta Ruiz Arcas—, y una editora —Donatella Ianuzzi de Gallo Nero Ediciones— hablando de una escritora extraordinaria y casi desconocida. Una mesa redonda que me supo a poco, en la que hube de morderme la lengua (la autora y el libro de los que se hablaban me estaban asombrando profundamente y el tiempo era mínimo porque comenzaba otra actividad) al hacer una mención "desafortunada" sobre el lenguaje no sexista. Aún así se respondió —breve y muy rápidamente— a algunas  preguntas sobre si creían que el que Kallocaína no se hubiese traducido al castellano en 70 años era por ser mujer (toda la mesa de acuerdo en que sí) y nos atrevimos a mencionar El cuento de la criada de Margaret Atwood, otra distopía tan premonitoria como Kallocaína y que apuntaron convenientemente (no lo conocían) como referencia femenina a  este género, pues sólo se había hecho mención a 1984 y Un mundo Feliz.
Kallocaína, un libro de 1940 —previo por tanto a 1984, Farenheit 451 o Un mundo Feliz que son sin embargo referentes en el género— es, como decía en la convocatoria a la mesa redonda «una novela antiutópica inspirada en el apogeo del nacionalsocialismo en Alemania […] que comparte con el género la visión pesimista de un futuro totalitario y deshumanizado, pero lo que hace de Kallocaína algo único en su género es la conexión de la dictadura como algo inherente a la conciencia individual».
Karin Boye describe un ambiente hipnótico, militarizado y de anulación del individuo con un estilo, en palabras de su traductora, «puro, elegante, sencillo, aséptico y fluido» alertándonos sobre las manipulaciones en el lenguaje y el peligro de la desmemoria y la superficialidad en el conocimiento, a través del fragor de la lucha silenciosa del individuo consigo mismo.
La mesa redonda hubo de acabar con la misma puntualidad que comenzó y quedaron muchas ganas de hablar sobre muchas cosas. Será una sola hora de mi vida para no caer en el olvido. Un extraordinario idioma, una excelente traductora, una editora aguerrida, una mesa redonda fresca pero trabajada, una autora para conocer mejor y un libro que ya se agita impaciente en el deseo.
Este resumen sería insuficiente aunque se extendiese por veinte páginas, dada la emoción de escuchar hablar con pasión, con conocimiento, con rigor profundo de una mujer que ha unido 71 años  menos un día después de su suicidio la amargura vital por la situación de su época con las grandes preguntas de la nuestra. Si algo define a una obra universal de la Literatura es precisamente esa capacidad para transformarnos a través del tiempo.
Un 23 de abril de 1941, Karin Boye se suicidaba incapaz de asumir el porvenir que supo prever, si no en la forma sí en el fondo, en Kallocaína. Nuestro futuro puede ser tan gris como ella imaginó, pero siempre habrá algún libro que nos abra la esperanza, y alguna mujer escondida entre las páginas de la desmemoria presta a sorprendernos, por casualidad, una tarde de primavera.

Feliz día del libro.


sábado, 7 de abril de 2012

¿Evaluación de Impacto de Género? Y eso... ¿Qu'es lo que es?



    Si  como ya nadie puede negar, por más que haya quien lo haga, cualquier  acto humano tiene una inevitable huella de género, el diseño de una  campaña política que decide el modo en que se dirigirá una sociedad  durante  (al menos) cuatro años, no es una cuestión baladí.

    La  Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer que tuvo lugar en Pekín  (Beijing) en 1995 invitó a los gobiernos y a los demás agentes a integrar la perspectiva de género en todas las políticas y los programas  para analizar sus consecuencias para las mujeres y los hombres  respectivamente, antes de tomar decisiones. Y a esta misma reflexión a la que les invitamos desde Especialista en Igualdad porque ¿cómo gestionar algo que no hemos sido capaces de medir? ¿Nos  atreveríamos a  proponer o implementar políticas medioambientales sin un  análisis previo? ¿Por qué en temas de género no nos parecen, entonces,  igualmente imprescindibles estos pasos previos?

    Todas y cada una de nuestras medidas tendrán una carga de género que, visible o no, perjudicará a quienes estén en una posición más desfavorecida. Tampoco podríamos negar que, en líneas generales, esa posición la ocuparán casi siempre las mujeres.

    Cualquier política pública, cualquier decisión política, cualquier palabra pronunciada incide de forma distinta en mujeres y hombres. Y si hay una mitad de la población  en franca desventaja, justo es que se intente no sólo no agravarla, sino  remediarla en la medida de lo posible. El mejor modo es siendo  conscientes del porqué, el cómo y el cuándo estamos influyendo y en qué  sentido se prevé que afecten esas políticas, esas decisiones, esas  palabras a nuestro electorado, mujeres y hombres.

    "Con la que está cayendo" no es una razón para que decir que no. Es una excusa, otra. Una más de tantas. Permitir que se desprecia a cualquier persona, es el aval para que desprecien a todas las demás. Lo estamos viendo cada segundo, y no hace falta, ni siquiera, señalar.

    Podemos  intentar convencernos de que hay cosas más importantes o hacer algo para  remediarlas. Esa es la primera pregunta que deberíamos hacernos, como  profesionales de la política, como ciudadanía consciente, como personas  que se pretenden justas. 

     Especialista en Igualdad, ofrece  ese servicio de asesoramiento a cualesquiera ayuntamientos,  diputaciones,  partidos, agrupaciones o asociaciones públicas o privadas  lo deseen. Pueden solicitar más información al correo electrónico especialistaenigualdad@gmail.com.

     En el sentido de la justicia, está la  diferencia.