miércoles, 30 de diciembre de 2015

La RAEdícula academia española de la lengua


Nuestra querida Academia de la Lengua Española no deja de darnos sorpresas de vez en cuando. Unas veces hace caso a las masas de hablantes que exigen quitar la tilde a "solo" o incluye verbos tan usados como "asperjar". Las más, la RAE llega a los medios porque ha encontrado un filón publicitario sin parangón: el lenguaje inclusivo. Puede ser el entrar sin venir a cuento en discusiones legislativas, el hacer sin que nadie se los pida informes sobre los manuales de uso no sexista del lenguaje o arremeter contra expresiones como "todas y todos".

La Academia que financio con mis impuestos (a través de subvenciones y desgravaciones fiscales a mecenas), machista, sin paridad, con impresentables declarados en sus filas, con faltones de profesión apoltronados en sus sillones, a duras penas va incluyendo mujeres (con muchas presiones desde el feminismo) y siempre procura que sean mujeres lo más afines posible al sistema. Esa misma academia (hala, me harté de mayúsculas) a la que "regalan" un anuncio sexista por su tricentenario y queda encantada y da las gracias para así apuntalar las desigualdades que desde ella se fijan, limpian y dan esplendor (aunque como como dice Miguel Lorente, no sabemos a qué o a quién).

Pero no es ahí donde voy. Primero, aclarar que lo de RAEdícula ya estaba inventado por Carlos de la Fé, escritor atento a su material de trabajo, las palabras, y a la vez a la realidad social del siglo XXI, una en la que las mujeres ya no son solo ejemplos de unos lemas anticuados.


Imagen desde Cubadebate.cu


¿Y dónde es donde iba entonces? Al machismo inveterado de una institución que peleó con uñas y dientes por no incluir la acepción social de género (tuvo que ceder al uso y está, al fin, en la 23ª edición del DRAE) pero no se le ocurre protestar ni hacer informes porque en este país desde el Presidente del Gobierno hasta el último concejal (o concejala) usen la horrenda y vacía expresión "lo que es" una vez en cada frase, de forma que han contagiado a una buena parte de la población y lo mismo te lo dice la directora del banco que te ofrece "lo que es una hipoteca", o el tendero de la esquina que está dando "lo que es una barridita a la puerta".

Por amor a la lengua que hablo y me une a millones de personas en todo el mundo exijo que esa lengua me incluya. Con el objetivo de interpelar a la Real Academia de la Lengua Española, desde 2012 realizamos la Campaña #GolondrinasalaRAE, señalando a la Academia el sexismo de algunos lemas, ejemplos, definiciones del diccionario, proponiendo mujeres como expertas en ámbitos lingüísticos o como académicas cuando una plaza queda vacante.
Cartel de la Campaña con imagen cedida por Fernando Vicente

Cuando pides que te nombren se desatan las iras de los dioses (las diosas asienten con la cabeza). No hay nadie -hable bien o mal, escriba mal o peor- que no tenga algo que opinar sobre el lenguaje inclusivo. Por supuesto, sin saber ni siquiera lo que es. De nuevo, pensando de oídas, que es como mejor se hace todo lo que se cuenta en castellano. Lo más habitual es que te digan que vas a destrozar el idioma, o que no sabes de lo que hablas. Que ellos sepan tanto o menos que tú no importa. También llegan autoridades en otras materias a opinar, claro, pero si sus argumentos son tan burdos como los de cualquier machirulo de Foro Coches, para mí su autoridad en lenguaje tenderá a cero.

Me hace gracia que me digan que soy una ignorante cuando hablo de #lenguajeinclusivo. En general, sé más de mi lengua que quienes me lo dicen porque buscar formas correctas de nombrar a las mujeres (las hay, solo hay que encontrar las que se adapten más a nuestra manera de hablar) me ha llevado a conocer en profundidad el castellano, su evolución, su gramática y el diccionario oficial y sus entresijos. 

Por eso me resultan tan pueriles supuestos argumentos como "es que el masculino es genérico" (¿sí? ¡no me diga!), "es que ahora vamos a tener que decir periodista y periodisto" (¿y quién ha propuesto eso alguna vez?) o "acabaremos no pudiendo hablar" (claro, por eso las feministas nos comunicamos con sonidos guturales, porque no podemos hablar). 

Si me lo dicen periodistas o escritores y escritoras, me quedo boquiabierta. ¿Cómo es posible que yo pueda hablar y escribir nombrando a las mujeres y no sea capaz de hacerlo quien tiene como herramienta las palabras? Como he dicho alguna vez, el lenguaje es uno de los últimos reductos en los que el machismo se escuda sin pudor (en otros se esconde o disimula, no aquí). Si usted no maneja su lengua con la soltura que necesita para nombrarme, apréndala. Y , antes de que lo diga como si nunca lo hubiera escuchado, informo de que no, #lenguajeinclusivo no es solo "todas y todos". 

¿Que a qué viene esto a cuento? a la sorpresa que anoche encontré en el Twitter de la RAE donde (aunque aún no está en el diccionario) admite como neologismos feminazi (de feminismo+nazi) y hembrismo (como antónimo de machismo) lo cual indica que la RAE sabe de palabras aún menos de lo que creía pero es tan machista como pensábamos.


María S. Martín Barranco
@generoenaccion