jueves, 25 de junio de 2015

Tu organización es machista y no lo sabe si…




Mucho se habla de los comportamientos machistas individuales. Sabemos que son casi infinitos. Tan mutantes, sutiles, brutales y eficaces como solo pueden serlo las prácticas de opresión que se valen de quienes reprime para perpetuarse.

Pero no es de ese machismo del que hablaré hoy, sino de los machismos con los que las organizaciones, incluso las más aparentemente progresistas, "ponen en su lugar" (uno en el que no incomoden mucho) a las mujeres que forman parte de ellas. Pueden no querer hacerlo, pero se benefician de un resultado que mantiene las relaciones desigualitarias entre hombres y mujeres. 

Pueden ser partidos políticos; organizaciones varias de izquierdas o de derechas; pueden ser agrupaciones tradicionales o de nuevo cuño; sindicales, empresariales, científicas, deportivas; colectivos anarquistas; empresas, asociaciones, ONG's. Da igual. Pasa todo el tiempo y en todas partes. Se habla y se vuelve a hablar. Se nos da la razón para no seguir escuchándonos, pero rara vez pasa de una aquiescencia paternalista. O sea, machismo que dice que sí frente a machismo que dice que no. Para ese viaje no necesitábamos las alforjas de trescientos años de Feminismo.

Por eso, tu organización es machista y no lo sabe (o hace como si no lo supiera) si...

  1. Da por hecho que no es machista, sin establecer parámetros especializados para establecerlo. ¿Se ha hablado alguna vez como organización qué es machista y no se consentirá en ella? 
  2. Considera –sin medirlo de forma adecuada- que las normas o indicaciones de funcionamiento interno son neutras al género, es decir, que afectan por igual siempre a hombres y mujeres. 
  3. No tiene mujeres en puestos directivos o cargos de máxima responsabilidad. 
  4. Tiene en puestos de poder al mínimo de mujeres que le obliga una norma, o se esmera en que las que llegan sean las que más y mejor se adaptan al rol de mujer culturalmente aceptado. 
  5. No tiene establecido un protocolo de actuación en casos de acoso sexual y/o por razón de sexo. 
  6. No tiene establecido protocolo en casos de violencia de género.
  7. No establece medidas de corresponsabilidad para sus trabajadoras y trabajadores. O sí las tiene pero se enfocan solo a madres. 
  8. Realiza actividades de información o formación en las que hay, sistemáticamente solo o una mayoría de expertos y no expertas. 
  9. Realiza reuniones fuera de horario laboral, o en momentos en que pueda impedir la asistencia de quienes realizan labores de cuidado. 
  10. No contempla espacios de descanso y autocuidado. 
  11. No usa lenguaje inclusivo en las comunicaciones externa e interna. 
  12. Cree que los temas de igualdad son “cosa de mujeres” y cuando se forma o trata sobre discriminación o igualdad se realizan “reuniones con mujeres” como si fuera un problema de ellas y no del conjunto de la organización. 
  13. No asume las reivindicaciones específicas de las mujeres que forman parte de ella como propias de la organización, o bien las tiene como de “segunda hornada” cuando se consigan otras aparentemente más urgentes o prioritarias. 
  14. Ante declaraciones machistas de sus miembros no se posiciona expresa y abiertamente en contra. También si ese tipo de comportamientos no llevan aparejada ningún tipo de sanción.
Estoy segura de que se os ocurren (o habéis vivido) muchos puntos más, así que abierta a sugerencias quedo. Y no me digan a los hombres también los oprime el sistema. Porque si a sus opresiones les quitan los privilegios con que les compensa, se quedarían como pretenden que nos conformemos. Y puedo asegurar que no es agradable. Por eso no lo deseamos para nadie.



María S. Martín Barranco
@generoenaccion

jueves, 18 de junio de 2015

El feministómetro y la sororidad

Imagen vía @rosarmario desde Twitter
Llevo unos días leyendo en varios muros distintos conversaciones sobre la #sororidad, sobre cómo practicarla, sobre las consecuencias de ignorarla, de no reconocerla. Quería escribir sobre el tema a raíz del trato feroz y desmedidamente agresivo hacia las mujeres (en relación a los hombres) que abandonaban el poder tras las elecciones españolas de 2015. O sobre el ensañamiento despiadado del que mujeres que acaban de acceder al poder están siendo objeto por sus desaciertos en cuestiones de género. Entonces, el domingo Mar Esquembre habla de sororidad en su artículo dominical "Pacto de sororidad". Habla de sororidad entre mujeres. Todas, afines y no. Brava, pienso. Y continúo con mis ganas de ahondar en el tema acotando la muestra a estudio: la sororidad entre feministas.

Como las casualidades no existen y las causalidades, sí, mientras ojeo despistada mi TL de Twitter deslizándose a toda velocidad sin decidirme por ningún tuit, veo el enlace a un artículo, "Cómo salir del armario feminista". El título me ha parecido interesante y he pinchado. El artículo también lo es. En cierto momento dice: 
"Por eso me molesta profundamente cuando una mujer le quita el carné de feminista a otra. Cuando decide que no es legítima y pura como para formar parte del club."
Habla sobre lo que aquí hemos llamado otras veces "el feministómetro". Mientras lo leo, comienzan a llegarme avisos de una conversación también en Twitter en la que se me está etiquetando. Uno, otro, otro... endiabladamente rápido. Esto pasa, al menos en mi cuenta, cuando alguien dice una burrada machista tan gorda que se crea una #AlertaFeminista (o porque ando de cachondeo pero, con el perfil profesional, es en muy contadas ocasiones). Comienzo a leer para asistir estupefacta a una discusión en las redes sociales entre dos feministas que discuten agriamente solo por no estar de acuerdo en algo que despierta defensas encendidas de posturas (con ese, porque son muchas) a favor y en contra: la prostitución. Hay acusaciones de "feminismo paternalista" a toda una variedad enorme de feministas que en temas de prostitución no piensan como una de las partes.  "Feministas como tú no" se dice después. Leo un tradicional gilipollas y una disculpa posterior. Se acusan ambas partes, antes o después de  falta de sororidad. Otra vez la sororidad. Así que me pongo a escribir.

Esto del "feministas como tú", o "falsas feministas" o "verdadero feminismo" me saca de mis casillas. Incluso en el caso de que solo hubiera uno ¿quién da el certificado de pureza? ¿Cuál es ese "feminismo verdadero" por el que oigo clamar por igual a quienes se denominan feministas y contrarixs al feminismo? ¿Habrá un virgo feminista con su himen, sus pruebas de virginidad y demás adminículos oficiales y yo no me he enterado? No voy a dar más que un argumento para que os lo penséis dos veces antes de decirlo: cuando buscas "verdadero feminismo" en Google los primeros resultados son del Opus Dei y las asociaciones contra el aborto. No digo más.


Un poco antes, hace unos días, decía Ángela Escribano en su muro de Facebook:
 "¿Sabemos el significado de la palabra sororidad de la que tanto hablamos? Y si las mujeres feministas de izquierdas dejamos a un lado las insignificantes diferencias y nos unimos para conseguir la igualdad entre mujeres y hombres?"   
Esta compañera activista, lúcida, imprescindible compartía para ilustrar sobre la sororidad un texto: "Pacto entre mujeres: sororidad" de Marcela Lagarde y de los Ríos
"Qué sería de las mujeres sin el aliento y el apoyo en situaciones de crisis que son tantas. No habríamos sobrevivido a los avatares de la vida sin otras mujeres conocidas y desconocidas, próximas o distantes en el tiempo y en la tierra."
Yo respondía con una reflexión que dado el nivel de troleo machista de este blog, quizás sería más prudente no difundir, pero que resumo: echo de menos un espacio de cuidado emocional entre feministas. Uno en el que podamos quejarnos del feminismo y otras feministas con la seguridad de que se verá como lo que es: la necesidad de desahogo puntual por el desgaste emocional del aprendizaje de la sororidad (el nuestro y el de las demás y los errores de todas, inevitables). 

Porque el sistema es férreo y nos educa para acatar el pacto originario del respeto entre hombres pero no a respetarnos entre nosotras. Cuando estamos dolidas, rabiosas, cansadas o enfadadas acabamos recriminando a quienes esperábamos que nos acompañaran incondicionalmente (esas esperanzas desmedidas siempre sobre otras mujeres). Y sí, a veces, entre nosotras nos herimos profundamente (queriendo o sin querer) y sentimos una traición al movimiento el decirlo en voz alta. O queremos gritarlo a los cuatro vientos y acabamos adjetivándonos y atacándonos exactamente igual que nos atacan desde el machismo: según nos ajustamos o no al rol, ahora, de activista perfecta. Un  "deber ser" más en el check list de mujer-mujer.

Por eso y porque me preocupa cómo nuestras diferencias se convierten tantas veces en fosas insalvables y no en hilos que hacen más flexible la red que pretendemos tejer recomiendo otro de la misma autora: "Enemistad y sororidad" 

Y por el mismo motivo, he hecho un pedido que reitero, a acumular buenas prácticas de sororidad. A detectar a nuestro patriarca interior, a ser capaces de crear un espacio de compromiso: no tratarnos entre nosotras como nos trata el patriarcado. Y no hablo de darnos palmaditas en el hombro unas a otras solo por ser mujeres. Ni de no criticar lo que las mujeres hagan mal. Hablo de no llevar el argumento al "buena/mala", "verdadera/falsa", de no hundir el dedito en la herida llamándonos machistas, patriarcales, paternalistas. Señalarnos lo que nos parecen desaciertos puede hacerse de otra forma y no va a aparecer sola frotando una lámpara mágica. Esto es método científico en estado puro: ensayo y error. 

Porque creo que esas mujeres que se declaran no feministas y las de feministómetro en mano son dos caras de la misma moneda: mujeres* que tratan a otras mujeres como el patriarcado las trata a ellas.


A veces no somos conscientes de cuán alto ponemos el listón y qué poco apoyamos a mujeres que se consideran feministas y lo dicen; esas que lo hacen lo mejor que saben pero cuyo feminismo se aleja de lo que entendemos académicamente o institucionalmente como tal, o las que están en un momento distinto al nuestro en su proceso de reflexión y deconstrucción personal. En el fondo, esas mujeres que se declaran no feministas y las que llevamos (me incluyo por aquello de la primera piedra) el feministómetro en la solapa somos dos caras de la misma moneda. El divide y vencerás a sangre y fuego de nuestro patriarca interior.

María S. Martín Barranco
@generoenaccion


*Me veo en la obligación de aclarar que no se incluye a hombres que aplican el feministómetro a las mujeres (aquí un ejemplo), sino que hablo de sororidad y esto nos incumbe exclusivamente a nosotras.