viernes, 24 de mayo de 2013

El terrorismo que no cesa


Me pregunto qué sucedería en España si en lo que va de año hubieran asesinado a 26 personas que se dedicaran a la política sin más motivo que ese. O a 26 taxistas, electricistas, periodistas o curas. O monjas. ¿Se imaginan? Yo sí, porque en España han asesinado este año a 26 mujeres por ser mujeres y sigue pareciendo un problema menor, sigue siendo un problema pésimamente tratado por la mayor parte de los medios de comunicación y ha dejado de ser una prioridad para el gobierno que hoy nos desgobierna.
Si mañana un grupo terrorista tomara las armas y matara a 26 personas solo por ser quienes son, España no dudaría del calibre del problema al que se enfrentaba y no creería que dejar pasar el tiempo, resignarse a no actuar y recomendar docilidad y prudencia a las víctimas fuera la solución.
No es el momento de repetir cifras, de recordar que según la OMS la violencia de género es la primera causa de muerte entre las mujeres de 15 a 44 años, ni de marear con datos que fácilmente se pueden consultar, sino de intentar analizar por qué estamos haciendo tan mal tantas cosas de pensamiento, palabra, obra y, sobre todo, de omisión.
En mitad de una crisis de dimensiones estratosféricas, entre llamadas a una responsabilidad social traducida en «abre el bolsillo que tenemos que llenárselo a los bancos», los derechos de las mujeres se cuestionan cada día en el Parlamento, un lugar en que quienes me representan los ignoran o los violan con descaro. El Gobierno aprovecha que el Pisuerga pasa por Valladolid para meter la ideología con calzador en los recónditos lugares a los que la crisis no ha llegado aún.
El matrimonio entre personas del mismo sexo, la libre elección de la maternidad, la “culpa” de la crisis por trabajar tanto fuera de casa, la custodia compartida impuesta que se nos viene encima. Los avances que conciernen a las mujeres, siempre en un equilibrio precario, vuelven a estar al borde de un abismo. Se han empeñado en que creamos en el infierno, y nos lo están preparando en vida para que no nos quepan dudas de su existencia. La consecuencia ocupa las portadas cuando los mercados lo permiten: mujeres rociadas con ácido, obligadas a casarse con sus violadores, usadas como armas de guerra para aniquilar al enemigo en cualquier conflicto armado declarado o no, niñas muertas de una infección tras una ablación de clítoris.
Aunque entre la violencia de género y lo que entendemos generalmente como terrorismo hay muchas diferencias existe un parecido fundamental: es la inyección del terror a través del uso de la violencia de modo ilógico, aleatorio e indiscriminado, para lograr un fin que esconde una calculada intención de terror, paralización, huida o miedo. En cualquier momento la amenaza se puede cumplir y, generalmente, no depende de la víctima evitarlo aunque crea lo contrario. O aunque pueda tomar determinadas medidas para su protección.
¿Por qué la violencia de género solo interesa cuando lo deciden los asesinos? ¿Por qué ante una muerte y no antes? ¿Por qué nunca un análisis profundo? ¿Por qué no todos los medios tienen un decálogo para tratar su información? ¿Por qué tenemos que estar muertas para que nos hagan caso? ¿Por qué molesta que pidamos que se nos nombre?¿Por qué las demás violencias no importan si también son muchas y preceden a la última?¿Cómo puede alguien creer que los mensajes de este Gobierno en torno a las mujeres y nuestro papel en la sociedad no tienen nada que ver con cada una de las muertes? ¿Por qué a quienes hacen política les importa cuando les importa? ¿Para qué?
A las mujeres, en el mundo, se nos mata por ser mujeres y mientras la sociedad no asuma ese principio básico, mientras los medios de comunicación no lo digan ante cada acto de violencia en lugar de preguntar a la vecina de turno, mientras la sociedad no condene cualquier violencia con rotundidad (desde un chiste machista a un  articulista que se atreve a decir refiriéndose a los malos tratos que «sarna con gusto no pica»), hasta que este Gobierno y los que fueron y los que serán no titubeen en sus mensajes, la mayor muestra de la desigualdad entre las mujeres y hombres, la que desemboca en el asesinato de una mujer a manos de un hombre no podrá sorprendernos: será nuestra responsabilidad. 
Artículo publicado en el diario Nueva Tribuna  el 25 de junio de 2011.