sábado, 24 de diciembre de 2016

Noche de paz


El camino que lleva a Belén,
Baja hasta el valle que la nieve cubrió,
Los pastorcillos quieren ver a su rey,
Le traen reglaos en su viejo zurrón,
Ro-po-pom-pom...
Villancico Popular español

No había sido fácil llegar hasta allí. Las calzadas estaban oscuras como la pez, una mujer preñada no tiene el paso ligero, y una burra cargada con una existencia —cuántas cosas aun sin tener nada—, no puede asumir también el peso de una vida por llegar.
Apenas podía hacerlo el hombre que, embutido en un manto, caminaba cabizbajo con pasos deliberadamente lentos. Habría querido huir. Escapar de aquella negrura; del frío y de la incertidumbre. Correr como una acémila espantada por un reptil del desierto, pero algo por encima de él exigía el esfuerzo.
Miraba por el rabillo del ojo intentando captar la menor señal, no sabía cuál y ella tampoco, pero todo el mundo les había dicho que «eso se sabía cuando llegaba el momento», y ellos habían acabado siendo expertos en señales. Confiaban en el Dios que les guiaba. Lo que hubiera de ser sería y, si no, es porque así había de ser.
Descansaban en cada lugar que les ofrecía un poco de resguardo y algo de asiento: una cueva aquí, los restos de una caravana allá. Vigilantes de sí y del otro. Expectantes, tozudos e incansables. Mientras hubiera camino, habría esperanza. Cuando fallara la esperanza, rebuscarían en su Fe. Si les fallaba la Fe... No. La Fe a los sin tierra jamás —ni para caminar por este mundo, ni para pasar al otro— les falla.
Desde tiempo inmemorial las mujeres pobres recién paridas han tenido la fuerza de la naturaleza en sus entrañas desgarradas y han cargado a sus hijos a la espalda o en el regazo para seguir arando, o segando, o bregando con los animales. Ellos no iban a hacerlo. Hay mandatos que no pueden eludirse, y el que les había llevado hasta allí —en mitad del invierno, arrastrando los pies, sus únicas pertenencias, una mujer a boca de parir y una mula tan vieja como el tiempo—, era de esos.
Hacía mucho que aquellas tierras no veían caer una brizna de nieve, y los ojos que cruzaron las miradas, en los años que acumulaban, tampoco sabían de una nevada más que en las historias alrededor del fuego. Los copos mojaban el hocico de la bestia, que parpadeaba y seguía. Era impensable acelerar el paso, imposible parar la sangre golpeándole las sienes. Se obliga a respirar. El frío les cortaba los labios. Unas luces parpadeantes aparecieron difusas en la distancia. Quizás fuese un lugar poblado, quizás sólo bandidos. Quedaba bastante para llegar si sus cálculos no fallaban. Habían ido tan despacio... En ese momento un quejido apagado rompió la cadencia de los pasos y el silencio. Se miraron —esta vez— de frente.
—¿Ya?
—Sí
­—¿Seguro?
—Sí
Apretaron el paso tanto como pudieron, apenas nada. Pero, aún así, las luces seguían siendo inalcanzables.
Él maldecía para sí a los bastardos que les habían negado la hospitalidad durante toda la jornada. Se arrepentía al instante. Oraba pidiendo perdón y sin saber cómo encontraba de nuevo su alma en el pozo más oscuro del odio y de la furia. Jamás habría hecho algo parecido. Nunca habría echado a la noche, los caminos y los chacales  a una mujer en ese trance. Ciudadana o no, judía o gentil, ¿no parían igual, con el mismo dolor, con la misma esperanza o el mismo miedo? Veía la cara de ella, serena y orgullosa, y se superponía la de quien, al calor de su hogar había dicho al hombre que casi se apiada de ellos «esa gentuza son como los animales: sabrá parir en cualquier rincón».
No fue en el suelo, pero casi. Se la jugaban si alguien en aquellas tierras en las que la vida del otro no vale nada les encontraba ocupando aquél establo. Pero la noche era fría, los dolores arreciaban y las alimañas darían buena cuenta del recién nacido si olían la sangre en aquella tierra baldía y arrasada que tan pocos festines ofrecía.
Dicen que la dignidad es patrimonio de los desheredados y el honor queda para quienes tienen asegurado el sustento. Debe de ser verdad. La mula ni siquiera resopló, como habría sido normal, y se tumbó plácidamente junto a un buey que habría parecido muerto si el vaho de los hollares no le hubiera delatado —bienaventurados los mansos porque ellos alcanzarán el reino de los cielos. El polvo que se desprendía del forraje les irritaba los ojos, pero eso era lo mejor —lo único— que podrían encontrar. A los pocos minutos el rastrillo se movía arriba y abajo y él empezó a transpirar bajo las ropas y el manto.
Ella, como buenamente pudo, se sentó en el costado de un bebedero de madera. Aquello dolía de verdad... no se lo había imaginado así, no con aquél olor... no allí. Las lágrimas se le atragantaban, y un nudo en el pecho la impedía respirar. Era tan bueno... no se había quejado, no había dudado, no había desfallecido, no había hecho un reproche.
La idea llegó como los dolores: fulminante y de repente. Se volvió con los ojos encendidos y comenzó a vaciar el pesebre con un cubo que vio al entrar. Cuando acabó, él puso un poco de paja y extendieron el único trozo de algodón blanco (egipcio, el mejor) que pudo salvar en la huída. Acomodó el pesebre bajo el aliento de las bestias y tumbándose en el lecho improvisado, dejó ir el dolor que la enloquecía.
—Ahora sí puedes llegar —dijo en voz baja acariciando su tripa.
Nació en una tierra que se llevaba pronto a sus hombres. Había visto morir a muchos, pero nunca nacer a ninguno. Una criatura luchando por ser dada a la luz. No sabía si podría ofrecerle un hueco, nada —algo— que no fuese miseria, humillaciones, dolor, sufrimiento, angustia, ira. Los ojos se le nublaban de emoción y de desesperación viéndole envuelto en lo único decente que conservaban. Blanco y limpio como él. Podría ser, con toda facilidad, si se descuidaban, su sudario. Pero él no lo permitiría. Ella dormía hecha un ovillo en una esquina, la mano sobre la cuna, vigilante. Nunca acabaría de agradecer su firmeza. Los pasos decididos que salían de una posada, y otra, y otra, sin dudar ni un instante qué hacer cuando las cabezas la señalaban diciendo «ella sí...».
 El buey bufó y la mula enderezó las orejas. Alguien se acercaba. Un rebaño de cabras llegó precedido por su olor. Los cabreros parecían casi niños y estaban polvorientos, secos, ateridos de frío y casi tan malolientes como sus animales. Habrían seguido el rastro de sus pasos.  Uno se acercó cauteloso y con los brazos levantados y una inclinación le indicaste que pasara. Los iguales se reconocen en cualquier lugar. No eran peligrosos, no erais peligrosos. Estar, al fin, entre hermanos podía parecerse a la tranquilidad. De sus zurrones ennegrecidos salieron leche, queso, dátiles y miel. El niño mamó. Su madre le miraba arrobada.
Creías haber sido cuidadoso, pero ella te conocía. Debías haberlo sabido ya: sus ojos siempre veían un poco más allá. Más allá del tiempo, más allá de vuestro mundo, más allá de la vida. La mula te acababa de prestar su último servicio; había sido el pago para que los pastores cuidaran del niño y de ella.
En un recodo del camino el crujir de una piedra suelta te hizo sospechar. Caminaba como mandaba la tradición, detrás de ti, como una sombra, como siempre. Tan segura de que eres su guía como tú de su presencia. Otra noche de camino os dejó en los límites de la ciudad. Un alto. Venimos al censo. He dicho alto.
Todos los soldados de todos los imperios de la Historia han pedido lo imposible a cada desposeído con el que se han cruzado, pero vosotros erais expertos en señales. Todo iría bien. Una estrella jamás vista acababa de aparecer sobre el horizonte. No se os ocurría mejor augurio.
Ella, de nuevo un paso por detrás de ti, no te ha tocado. Han de pasar cuarenta días y cuarenta noches; ahora es impura. La ciudad es más grande de lo que habíais imaginado. Ni apenas despuntando el alba puede disimular el bullicio de una urbe en un gran día. Una riada de pies polvorientos e indecisos de peregrinos y forasteros se encamina a algún lugar que no conseguís ver, y que no os importa. Al alargar la mano, buscar sus dedos y entrelazarlos a los tuyos sus ojos brillan de sorpresa. Es tan niña...
Llegáis a una plaza atestada de gente, sin hablar ni necesidad de hacerlo. Al intentar soltarle la mano ella te la aprieta aún más, abre un poco su manto y descubre un cinturón cargado de explosivos, exactamente igual al tuyo. Sus labios rotos de la sed, el polvo, del sudor y el frío, del esfuerzo del parto, sonríen con dulzura y, mientras os lleváis la mano a la cintura, murmuran «Solo hay un Dios».

María S. Martín Barranco



sábado, 10 de diciembre de 2016

Los Derechos Humanos y las mujeres





El día 10 de diciembre se celebra el Día Internacional de los Derechos Humanos. Aunque celebramos la Declaración Universal de Derechos Humanos (DUDH). No fue ni mucho menos el primer intento de universalizar un  mínimo de derechos que fueran reconocidos a todas las personas por el mero hecho de ser personas.

Ya la Revolución Francesa tuvo su fallido intento con la Declaración de Derechos del Hombre y del ciudadano. Esta declaración dejó fuera a las mujeres y costó ser guillotinada a Olympe de Gouges, la heroína que redactó y proclamó ante la Asamblea los Derechos de la mujer y la ciudadana. 

Pero escribo para hablar sobre la DUDH. Una declaración en la que, como casi siempre, una mujer es la gran olvidada: Eleanor Roosevelt.

Desde 1946 Roosevelt era delegada en las Naciones Unidas. Como presidenta de la Comisión de Derechos Humanos, jugó un papel decisivo en la formulación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Fue ella quien la presentó a la Asamblea General de las Naciones Unidas con estas palabras:


“Nos encontramos hoy en el umbral de un gran acontecimiento tanto en la vida de las Naciones Unidas como en la vida de la humanidad. Esta declaración bien puede convertirse en la Carta Magna internacional para todas las personas en todo lugar”.

En sus memorias, Eleanor Roosevelt escribía:


"Percibí con claridad que estaba participando en un evento histórico verdaderamente significativo, donde se había alcanzado un consenso con respecto al valor supremo de la persona humana, un valor que no se originó en la decisión de un poder temporal, sino en el hecho mismo de existir – lo que dio origen al derecho inalienable de vivir sin privaciones ni opresión, y a desarrollar completamente la propia personalidad. En el Gran Salón... había una atmósfera de solidaridad y hermandad genuinas entre hombres y mujeres de todas las latitudes, la cual no he vuelto a ver en ningún escenario internacional."

Vaya para ella, hoy, nuestro recuerdo y nuestro esfuerzo para que los derechos humanos de hombres y mujeres sean al fin respetados en todo el mundo.

María S. Martín Barranco
@generoenaccion

domingo, 4 de diciembre de 2016

Puteros

España es un país de puteros. No lo digo yo, lo dicen todas las estadísticas año tras año. O libros de investigación extraordinarios como "El putero español". España ocupa el primer lugar en Europa en cuanto a consumo de prostitución. Aunque haya posturas que nieguen la veracidad de las cifras u otras que afirmen que se quedan cortas. Solo hay que tener los ojos abiertos al ir por las carreteras españolas. O leer los anuncios por palabras de la prensa nacional, comarcal o local. Mirar en las ofertas de internet:  entre los pisos de segunda mano y los carpinteros económicos, alguna señora o docenas de ellas se ofrecen (voluntariamente o no ¿quién lo sabe?) al mejor postor. 



No sé en otros países pero en España "ir de putas" es un acto de ocio. El putero español está bien clasificado. Los hombres van de putas como van de cacería, van a jugar al pádel o van al fútbol: para socializar. Por eso, lo más común, no es ese putero del imaginario que va a buscar una puta para que alguien le escuche o porque su "santa" no le da lo que quiere. O que pide a una puta lo que no pediría a su mujer porque su mujer es "decente". Por supuesto que los habrá. 

Lo más común para la socialización de un putero son los grupos de hombres jóvenes, maduros, de todas las edades que acaban despedidas de solteros, noches de juerga, negocios lucrativos, ascensos en la empresa "yéndose de putas". Ir de " paseo, vacaciones, compras, parranda, cañas, vinos, tapeo, fiesta, concierto, putas... No es de extrañar que el castellano tenga cientos de palabras para designar a una puta y algunas docenas para los puteros o que putero esté tan mal definido. La puta es hipervisible, el putero invisible. Shhhh, no perjudiquemeos su sagrado derecho a hacer lo que quiera, cuando quiera, sin dar cuentas ni ser expuesto. Los putos, al parecer, ni están (solo dos palabras) ni se les espera. Las puteras no existen. Siglos de práctica social tenían que quedar necesariamente plasmados en el idioma. 

Estamos en un mundo donde el cuerpo de las mujeres es una parte más del comercio lícito, y de forma natural la oferta obedece a la demanda. Este sistema está diseñado y perfeccionado a lo largo de los siglos para que ningún deseo masculino quede sin satisfacer. Porque, no nos engañemos, cuando hablamos de prostitución una y otra vez no hablamos solo de si hay o no un derecho a prostituirse, estamos hablando en realidad, del derecho paralelo y consecuente: si tú tienes derecho a vender es porque otro tiene el derecho de comprar. 


Decir que las mujeres tienen el derecho a venderse es ocultar que los hombres tienen el derecho de comprarlas.
Y es ese supuesto derecho a comprar cualquier cosa que satisfaga un deseo masculino el que hace que la trata de mujeres para la prostitución sea ya uno de los negocios más lucrativos para las mafias de todo el mundo. Si quiero el último teléfono inteligente y lo quiero ya , si quiero una mujer ¿por qué no tenerla ya?

Por ese motivo estoy tan harta de esconder las necesidades, o los simples deseos, de los puteros tras los derechos de las putas. ¿Me pueden nombrar algún otro derecho que las mujeres hayamos ejercido desde siempre, en mucha mayor proporción que los hombres  y sin tener que pelearlo arduamente? ¿O por qué he escuchado, leído, o visto chistes de mujeres hegemónicamente "normales" cuyo resumen sería algo parecido a "a mal venir me meto a puta" y nunca es un hombre blanco, hetero de clase media quien lo ve como una posibilidad remota de supervivencia siempre presente en casos de desesperación extrema? 

No voy a hablar aquí de la legalización o no de la prostitución, puesto que en España la prostitución no es ilegal. No voy a rebatir algo que ya se ha rebatido de forma extraordinaria por mujeres como Beatriz Gimeno o Ana de  Miguel. No pretendo hablar por nadie. No voy a dar argumentos a favor o en contra de regular o abolir la prostitución. He trabajado con putas y ninguna llegó a la prostitución de forma voluntaria, lo que no quiere decir que no las haya. Lo que no creo que haya en la misma proporción es puteros forzados. Camiones de hombres acarreados para ser obligados a "mantener relaciones sexuales con prostitutas". Encerrados bajo llave hasta que no echen sus polvos diarios.

Lo que quiero es cambiar el foco. Si esto se trata de un negocio ¿quién paga? y sobre todo: al final ¿quién gana? Me atrevo a asegurar que no serán las putas. 

María S. Martín Barranco
@generoenaccion