Silencio, se mata


Cada vez más el machismo de todas clases, tan pertinaz como aquellas maladadas sequías franquistas, nos azota. El acoso al feminismo está organizado. Somos el enemigo a batir. El anonimato de las redes sociales es el medio perfecto para la impunidad del cobarde. No hace falta razonar, pensar, saber de qué se habla antes de corregirnos, puntualizarnos, acusarnos de mentir o directamente amenazarnos. Se nos puede insultar y recibir el apoyo viral del sistema. Retroalimentación inmediata a la medida de sus pobres egos neomachistas de machos alfa ninguneados. Sin darnos apenas cuenta las activistas feministas (no solo, pero sobre todo) empezamos a controlar quién nos sigue, a quién seguimos, cómo se difunden nuestros textos. Evitamos entrar al trapo y medimos, la mayor parte de las veces sin ser totalmente conscientes de ello, con quién entramos en controversia para evitar males mayores

Es el efecto del terrorismo machista; ejerce la violencia en todas las formas posibles. Te sitúa en el espacio del miedo y de la prevención. Las víctimas son simbólicas, las muertas (a veces) son otras. Pero sabes que podrías ser tú. Te lo recuerdan sin parar quienes cuando te dueles del (nunca) último asesinato, te acosan o te insultan. Te lo recuerdan quienes cuando quieres hablar de ellos desvían sistemáticamente el foco de atención hacia otras víctimas de otras violencias. Te lo recuerdan los medios, o el vecindario del asesino que siempre saludaba.

Cuando matan a una mujer todos los demás machistas aprovechan para recordarnos que no nos apoyarán, que dudarán de nuestra palabra, que justificarán a los asesinos y culpabilizarán a las víctimas. Pasa desde siempre por todas partes. En cuanto las mujeres alzamos la voz y exigimos una ciudadanía de primera, la resistencia patriarcal genera un movimiento contrario desacreditador, organizado y masivo. En cada país, ante cada acción feminista el sistema se resiste con uñas y dientes a través de hombres y mujeres. 


"De pensamiento, palabra, obra y omisión", me decían las monjas de la infancia que se podía pecar. Y de omisiones hablaré ahora porque el silencio cómplice de los hombres de nuestras vidas no es menos intimidante que los gritos. Hombres que callan ante chistes machistas, hombres que miran para otro lado ante los compañeros que se burlan o acosan a una mujer en la calle, en la oficina, en clase. Hombres silentes que nos dejan desgañitarnos mientras acuden a convocatorias en las que no hay ninguna mujer presente, colaboran en tertulias, en asociaciones, en organizaciones públicas y privadas sin representación femenina. Hombres callados que apartan la mirada, o que miran en silencio. Ellos no golpean, ellos no matan. Hombres que se comportan como si hubiera que darles las gracias por su comisión por omisión.

Pero también hay obras, cómo no. El acoso a activistas feministas en las redes ha saltado a los espacios personales y no hay asociación feminista o activista que no haya tenido un encontronazo con esos infraseres tozudos y alienados que se duelen como víctimas de todo aquello que ya no nos pueden infligir. No se paran ante nada. Ni siquiera ante la acción de la justicia. Les hemos arrebatado el privilegio de hacernos callar. Creían que era su derecho. Creen que lo es.

Por supuesto, la palabra tiene su lugar. Hombres que solo hablan para decir "no todos los hombres". Hombres a los que solo les arrebata que "ya nos estamos pasando" o "que también las mujeres hacen". Hombres que vienen a decirnos cómo ser "buenas feministas" de las que no hacen "flaco favor" al feminismo. Nos discriminan por todas partes y a todas horas pero nada molesta más que nuestros gritos de denuncia. Nos violan, nos acosan, nos torturan dentro y fuera del hogar, dentro y fuera de las guerras. Nos asesinan, pero lo que molesta es que digamos alto y claro quién lo hace. Dicen que nosotras nos quejamos por todo y sin motivo, que igual en otros países sí hace falta (siempre en otro, estés en el que estés). Gritan con el altavoz que les proporciona el derecho de nacimiento de tener la palabra, de tener razón por defecto e imponer una y otra. Hacemos tambalear el pedestal desde el que nos dicen con autoridad "Silencio, se mata". Y, queridas compañeras "feminazis", hasta ahí podíamos llegar.

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María S. Martín Barranco
@generoenaccion


Comentarios

  1. Cuánto más griten, más se toparán con la contundencia de vuestros argumentos, por eso es importante que sigáis en la brecha, mucha fuerza.

    Y al resto de mis compañeros de género y sexo; dad un paso adelante rompiendo vuestro silencio cómplice con la desigualdad.

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  2. cierto Robert, dare un paso y dire que el feminismo es solo exclusion social y que eres un controlado sexualmente hablando, nada mas que un perrito faldero

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