Justicia a ciegas

Se acerca el día 25 de noviembre, un día para conmemorar los hechos fatídicos a los que las mujeres nos enfrentamos cada día, la violencia machista contra nosotras. Podemos llamar al día de mil maneras pero todas definen la misma atrocidad: a las mujeres, en el mundo entero, se nos sigue discriminando de incontables maneras no por lo que hacemos (bien o mal, por supuesto, no caeré en el error de proclamarnos santas e infalibles) sino por lo que somos: mujeres.

Se nos impide disfrutar de nuestros derechos, se nos "ofrecen" o "reconocen" con cuentagotas y se nos pregunta "¿Qué más queréis?" si no nos parecen suficientes o están incompletos y los exigimos (las que tenemos—os sorprendería cuán pocas en proporción a la población de mujeres del mundo— conciencia de ellos y de su inexistencia o insuficiencia)

Empiezan a aparecer en la cercanía de estas fechas señaladas ,como caracoles tras la lluvia, multitud de iniciativas —quiero creer que bienintencionadas— que no hacen sino reproducir en un modo u otro estereotipos, que aluden a las mujeres desde el victimismo, que reclaman sólo protección y no derechos y ciudadanía, que continúan relegándonos a un papel pasivo, que olvidan a quienes nos apoyan desde " el otro lado" que hablan de guerra a algo y no de construir entre las mujeres y los hombres que formamos el mundo.

No me gustan los "días de" por lo que tienen de parafernalia, por lo que agregan de limpiar conciencias a quienes el resto del año nos olvidan, por la simplificación del problema a unas pocas frases más o menos acertadas, por el dinero que se destina al olvido en papeles , folletos o marcadores de libros que acaban un tiempo en un cajón y tiempo después en —con suerte— papel reciclado.

Y, a pesar de no gustarme, reconozco que tienen su importancia para la visibilización de los problemas. Una visibilización a grosso modo que en pocas o ninguna ocasión lleva aparejado algún mecanismo de acción. Y nos quedamos, desgraciadamente, en las “pobrecitas mujeres maltratadas” y pensamos en los “malnacidos” que las maltratan y nos olvidamos —con tanta frecuencia que podría resultar sospechoso— de la responsabilidad que tiene la sociedad en ello.
Y la sociedad no es una entelequia, es un conjunto de mujeres y hombres que en sus diferencias tienen la fuente de riqueza en la que encontrar el modo de frenar la brutalidad. Mujeres y hombres que tenemos como obligación inexcusable tomar partido, actuar desde donde somos y desde donde estamos uno a uno y una a una. Con unirme a un grupo de Facebook o ir a una manifestación o firmar un manifiesto no es suficiente. Tengo que hacer justicia día a día en cada actitud vital.

Y si oigo alguno de esos "enséñale a tu mujer quién manda en casa" , o el "mi mujer manda en mi casa, cuando no estoy yo" o " calla que no sabes de lo que estás hablando" o " ésta come de la palma de mi mano" , y las consiguientes risas, codazos y palmaditas en el hombro ( por ejemplo). O ese "anda, ya conduzco yo que tú te cansas más rápido", o "aparcas peor" o "pa qué vas a trabajar pudiendo estar como una reina total, para lo que ganas" o "tu hija mira qué pintas lleva después nos vendrá con una barriga" y no hablo, no hago, no explico, estoy contribuyendo a maltratar a las mujeres.

Por supuesto, si donde dice mujeres ponemos el nombre de cualquier colectivo discriminado, o alguna minoría o grupo en riesgo de exclusión el diagnóstico sería el mismo y pasaría por el mismo lugar la puesta en marcha de resultados: conocimiento, concienciación, toma de partido y acción personal.

No podemos esperar a que las leyes o los gobiernos nos traten como a seres incapaces y hagan todo por las personas que—con suerte y donde nos dejan—les elegimos. La Justicia que se nos debe como seres humanos(hombres y mujeres) no pasa sólo por la letra de la ley, pasa por nuestras entrañas.

Se acerca el 25 de noviembre, y bienvenido sea, pero antes de dejarle paso pensemos en cuál es ( a ciegas o mirándolo cara a cara) nuestra manera de conmemorarlo.

Especialista en Igualdad ©

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